LAS ABUELAS DE PIEDRA

Las “abuelas de piedra” de los muiscas
Nathaly Alexandra Diaz Cruz

TOMADO DE:

http://www.banrepcultural.org/blaavirtual/memorias-del-agua/abuelas-de-piedra

De cómo en el humedal de Jaboque —localidad de Engativá— permanecieron durante siglos diecinueve monolitos ―figuras de piedra― que los muiscas llamaban ‘abuelas’ por su sabiduría, pero parte de este observatorio astronómico terminó sepultado por un tubo del acueducto.
“Íbamos caminando cuando Miguel, mi compañero de universidad, me dijo entusiasmado:―‘¡Mire, eso es un monolito!’, y más adelante ‘¡Allá hay otro!’, señalando un pedazo de roca que para mí era sólo una piedra en el humedal”, el mismo que Jhon Muñoz había visto por más de 10 años al entrar y salir de su casa en Engativá.

Jhon llegó al barrio La Fontana cuando tenía 13 años. Su familia, como muchas durante la década de los noventa, había adquirido un lote por un millón y medio que, “aunque no era muy barato, se podía pagar”, comenta. Sin embargo, fue en su época de universitario cuando conoció realmente el humedal Jaboque. Hasta entonces desconocía la historia de uno de los centros ceremoniales más representativos para los indígenas muiscas mil años atrás.

“Esa vez encontramos cuatro monolitos en medio de unos montículos de tierra bastante llamativos”, cuenta Jhon, recordando cómo conoció el secreto del “charco maloliente” que ha sido su vecino desde hace más de una década. Con un dibujo, describe la singularidad de las formas encontradas en el espejo de agua, ese día del 2003, cuando comenzó un viaje al pasado que determinaría una nueva relación con su barrio, la naturaleza e incluso su pasado cultural.

La cultura poética
“Engativá era muy diferente a lo que es ahora”, dice Gonzalo Chaparro Cabiativa, líder del cabildo indígena de Suba, lanzando una mirada al vacío. Más indígena por su sentir y su actuar, que por aquello que de él se alcanza a ver: chaqueta, pantalón y zapatos de cuero amarillo. Sólo se delata por el collar de cuentas y las manillas no muy comunes en un hombre de mediana edad. Al encontrarnos me dice: “Hacia el sur hay un poco más de silencio. A mí no me gusta el ruido de la ciudad”, y nos vamos buscando un lugar más tranquilo donde se pueda conversar; sobre todo, donde se pueda escuchar.

“El universo muisca es un universo cósmico, como una pirámide en la cual se relacionan cosmos, madre tierra y hombre. El universo muisca es la unidad del hombre con el mundo al cual pertenece, la relación armoniosa y originaria con el pasado, el presente y el futuro, con los dioses espirituales que trascienden en tiempo y espacio”, dice.

En sus palabras, la muisca “era una cultura poética” donde la contemplación y el asombro le permitían a los nativos ser uno con su territorio, maravillarse con los acontecimientos de la naturaleza, despertar en las mañanas a saludar el nuevo día como un milagro y agradecer al sol por su trasegar en la tierra. Todo lo que existía en el universo indígena era digno de contemplación, adoración y culto: la belleza de los paisajes, la magia de la vida luego de haberse posado la lluvia en el campo, los incontables centelleos que iluminaban el cielo en la extensa noche de encuentros mágico-religiosos, de ceremonias, de preguntas sobre el mundo, sobre la existencia, noches de imaginación, sensibilidad y creación.

En una de esas luminosas oscuridades indígenas debió haber sido posible el mito como explicación del origen y, con él, la aparición de las deidades, de esos dioses al servicio del hombre; que el hombre, en agradecimiento, debía enaltecer y respetar, cuenta Cabiativa.

Las piedras de los indios
Jhon estudiaba geología en la Universidad Nacional. Todos los días salía y llegaba a su casa en el humedal Jaboque sin mayores sorpresas. La curiosidad de su amigo Miguel fue el motor que lo impulsó al rescate de ese tesoro perdido llamado por los habitantes del sector “piedras de los indios”. “Cuando exploramos la zona con Miguel, encontramos cuatro camellones o montículos de tierra, en cruz, que se reunían en torno a un anillo central, bastante ancho, por el cual se podía caminar bien”. Ese tesoro se encontraba a kilómetro y medio de su casa.

Estructuras similares se han descubierto a lo largo de ríos como el Bogotá y el Magdalena, y gracias a estudios arqueológicos se ha determinado un uso similar por diferentes grupos indígenas. Lo singular de estos patrones geológicos en el humedal Jaboque, que se conecta con el río Bogotá de manera directa antes de llegar al parque La Florida, son los cuatro monolitos que Jhon y su amigo hallaron en los camellones. “Muy cerca al anillo central encontramos el primer monolito, especial y diferente a los otros porque tenía un hueco bien pulido en la parte superior”, recuerda.

Miguel estudió los cuatro monolitos y las formaciones del suelo en el posible centro ceremonial que encontraron. Jhon, movido además por su proximidad con el humedal que siempre había transitado, pero que hasta ahora empezaba a pertenecerle, completó unos meses más tarde la ruta de los monolitos, e identificó diecinueve figuras sencillas en piedra y un hueco donde posiblemente se ubicaba otro. “Yo estuve con el agua hasta las rodillas”, dice con seriedad, recorriendo y reconociendo el mundo de quienes habitaron en la antigüedad “la tierra de los leños de Dios”, como traduce Jaboque en lengua chibcha.

Pero el entonces estudiante de geología no sólo encontró estas huellas del pasado, también fue testigo de cómo los habitantes del lugar hacían arder esos leños con la quema de carbón vegetal en dos zonas del humedal. También vio la gran cantidad de escombros mezclados con el suelo que una vez fuera sagrado, y el volumen de los residuos sólidos que se agolpaban en las compuertas del cuerpo de agua, contaminando el hábitat de especies endémicas o forasteras que hacen de Jaboque un área de conservación de las aves reconocida en el ámbito internacional.

Después de 10 años de transitar por el lugar, Jhon descubrió la mayor reunión de figuras en piedra provenientes de la cultura muisca frente a su casa. Encontró los monolitos 12 al 17 flanqueando de suroriente a suroccidente el barrio La Faena, que le hablaban del pasado, develándole un secreto que le recordaría la relación de la tierra con el cielo, del hombre con los dioses, la existencia del cosmos y lo efímero de nuestro paso por el mundo.

Espejos de agua, “úteros de la vida”
Cabiativa es contundente: “Engativá era muy diferente a lo que es ahora. Si imaginamos a Jaboque sin las urbanizaciones y las construcciones que lo rodean, lo primero que se observa son los cerros ¿y detrás de ellos, sobre ellos? El cielo, su eternidad, el movimiento de las estrellas, la aparición y el ocultamiento de los dioses Sue (sol) y Chía (luna). El secreto del cosmos”.

El pueblo indígena muisca, sumido en la contemplación reverente de “los poetas civilizadores”, como llama Cabiativa a los dioses creadores, encontró, al igual que los grandes filósofos de la historia, la necesidad de pensar el universo e interpretar los movimientos y mensajes de los elementos vitales.

Y es que para los indígenas, “el territorio no es un terreno, una porción de suelo delimitada, es todo aquello sobre lo cual domina la vida. El territorio es un espacio de pensamiento y sabiduría”, reflexiona Cabiativa. En el vasto territorio, el agua, procreadora y poseedora de grandes misterios, constituyó el cimiento más fuerte de la cosmogonía. De ahí que los espejos de agua se hayan denominado “úteros de la vida”, desde los cuales emerge la cultura y en torno a los cuales transcurre la existencia de los muiscas (los hombres), desde su nacimiento hasta su muerte.

“Por el río corre el pensamiento de la tierra”, me cuenta el descendiente muisca. Jaboque se conecta con el río Bogotá, el de nuestros antepasados, que en lengua chibcha se llamaba Funze, el poderoso. Sentados en su margen los indígenas podían escuchar el pensamiento de la madre tierra, entender los fenómenos, el tiempo, los elementos y conectarse con el cosmos.

El humedal Jaboque, muy distante al presente que lo circunda, era un espacio de pensamiento y de sabiduría, un territorio que sirvió como observatorio astronómico, santuario ceremonial y asentamiento de la sociedad muisca. De ahí la existencia de las formaciones geológicas encontradas por Jhon y Miguel. Las terrazas, terraplenes y camellones cumplían funciones vitales y diversas en su vida cotidiana, como el manejo del abastecimiento y el exceso de agua hacia el antiguo pueblo indígena, la protección de los cultivos frente a las inundaciones y las heladas, el establecimiento de las viviendas, permitiendo la cercanía a las fuentes de alimento y al grupo social indígena.

Cabiativa me asegura que “la sociedad muisca era altamente organizada y así como existía el grupo de agricultores o de sacerdotes, estaba también el grupo de los científicos, encargados de observar el cielo y darle significado a sus mensajes. Los astrónomos, que además eran videntes y manejaban la imaginación, la poesía, los sentimientos, la tradición oral y la sabiduría”. De ellos y su conocimiento quedan sus “abuelas”, los diecinueve monolitos encontrados por Jhon, las figuras que dan testimonio del pueblo fundador.

En la voz del líder indígena, “las ‘jicas’ —piedras— son las abuelas, que estuvieron aquí desde el principio y han visto pasar muchas generaciones y por eso guardan la sabiduría, el conocimiento y la palabra de los ancestros”.

La piedra conserva la historia del territorio, de la madre, y en ella puede registrarse la memoria del hombre para la posteridad. Por esa razón, los monolitos no podrían haber sido elaborados en arcilla, aunque los muiscas fuesen alfareros y no muy hábiles en la estatuaria en piedra. Ningún otro elemento podría haber protegido el saber indígena durante los años, los procesos de urbanización, la desaparición de la cultura. Nadie mejor que las abuelas para contar los secretos.

 

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